Avanzo silenciosamente por las calles de Villa Refugio. Perdiéndome entre la multitud, intentando pasar desapercibida.
Ahora mismo estoy en los barrios bajos de la ciudad. El lugar donde vivo. En los barrios más pobres de la ciudad, que es donde viven los habitantes más pobres, desgraciadamente.
Las calles son estrechas, las calzadas irregulares. Es el lugar que más es capaz de reflejar el conflicto y la pobreza de Villa Refugio, por la dictadura del Barón, y la guerra interminable.
Pero en estos momentos, no me fijo en nada de eso. Me deslizo entre las oscuras y concurridas calles, como una sombra, serena, impasible, como si nada de esto me viniera a cuento.
Recuerdo que una vez, mi padre me habló de que había un movimiento en la ciudad que actuaba en contra del Barón, para despojarlo de su trono y recuperar la ciudad, para que fuéramos libres de nuevo. Era solo un pequeño rumor que se corría por las calles, pero mi padre creía firmemente en que era algo más que eso, en que realmente existía, y yo también lo creo, y es así.
Es la Resistencia de Villa Refugio, la Liga de la Libertad.
El sueño de mi padre siempre fue poder servir a su casa, para luchar por la ciudad y proteger sus ideales, aunque nunca llegó a cumplir ese sueño, pues mi madre temía por su vida, decía que ahora su mayor virtud era estar con su familia y apoyarla, en lugar de morir absurdamente, porque su vida era muy importante para ella y para mí, y no hay nadie más que pudiera importarle. Por eso no lo hizo. Se quedó con mi madre y conmigo, y cuando ella murió, él siguió respetando sus deseos, y cuidando de mí.
Ahora que mi padre no está, me gustaría ser yo quien cumpliera su sueño, quien luchara por él, por todos. Quiero que me vea, que esté orgulloso de mí. Quiero tener su honor, y preservar la dignidad, aunque muera, al menos lo haré con la cabeza bien alta.
Ya sé que aún soy joven, e inexperta, pero estoy segura de que mis ambiciones y mi odio pueden superar todo eso, que puedo superar cualquier obstáculo.
Puedo tener una carita de ángel. Puedo parecer dulce e inocente, pero yo de todo eso no tengo ni un pelo. Y es cierto de que en mi vida no he empuñado un arma, ni he matado a nadie, así que admito de que quizás al principio no pueda estar preparada para todo esto, pero no me importa. Aunque me echen a patadas, me insulten, me apuñalen o me escupan en la cara... digan lo que digan, me alistaré en la resistencia, conseguiré hacerme más fuerte, cumpliré el deseo de mi padre, y vengaré su muerte y la de mi madre, para que ambos puedan descansar en paz.
Afortunadamente, he podido conseguir la valiosísima información de donde se encuentra la base secreta de la resistencia, y como os podéis imaginar, no ha sido nada fácil. Solo os diré eso, ya que es una historia un poco... bastante larga.
Estoy llegando, debe de ser en esta calle, he seguido bien las instrucciones, tengo buen sentido de la orientación, y este lugar es bastante apartado y escondido, perfecto para un escondrijo secreto.
Sigo hasta el final de la calle, miro hacia todos lados, no hay nada, ni nadie. Debe de ser una broma.
-¿Hola? ¿Hay alguien? Quien sea. He venido a la Resistencia para...
-¿Se puede saber que haces tú aquí? ¿Qué quieres de la Resistencia? –pregunta una desconocida voz femenina.
Me vuelvo hacia ella.
Es una chica rubia, con el pelo recogido con un cintillo. Tiene los ojos azules, lleva puesto una camisa ajustada de color verde oscuro y unos shorts vaqueros. Me mira con cara de desconfianza, y las manos apoyadas sobre las caderas.
-Err... hola, me llamo Kayt, me han dicho que aquí podría encontrar la base de la Resistencia.
-¿Quién re ha dicho eso?
Hago un esfuerzo por recordar. Recuerdo que tuve que contactar con mucha gente para poder llegar hasta aquí. Creo que me lo dijo...
-Creo que fue un anciano, era... se llamaba... ¡ah, si! Creo que era un tal Kor. Me dijo que viniera aquí y buscara a Torm.
-¿kor, dices? –pronunció una voz masculina a mis espaldas.
Es un hombre de entre veinticinco y treinta años. De cabello castaño, con rastas, ojos azules, y paso firme.
Me observa con detenimiento, dando una vuelta alrededor de mí, luego se para al frente.
-¿Qué es lo que quieres? No me gustan las caras nuevas.
-Soy Kayt. Kor me ha enviado. Quiero alistarme en la Resistencia.
Se ríe en mi cara.
-Lo siento, pero no aceptamos a niños pequeños, la guardería está en la otra dirección.
Pero... ¡Será imbécil!
-¡Ey! No soy una niña pequeña, tengo quince años, y creo que soy suficientemente...
-No, no lo eres –corta fríamente- Solo eres una cría. Y aquí no aceptamos a niños pequeños. Alguien como tú no está preparado para luchar en una guerra.
-¡Pero quiero luchar! –exclamo casi fuera de mis casillas-. Quiero luchar por esta causa, por el honor de mi familia, de mi padre, que murió, y su sueño era poder servir a esta causa, y ahora yo quiero cumplir su voluntad.
-Pues siento mucho lo de tu padre, pero no creo que su voluntad fuera que su rebelde y alocada hija muriera estúpidamente en una guerra que no es la suya.
-¡También es mi guerra! ¡es la guerra de todos! ¡Y todos tenemos derecho a querer luchar por ella como queramos!
-Mira mocosa, estás agotando mi paciencia. Lárgate antes de que lo arrepientas.
Se vuelve dirigiéndose hacia otro lado, ignorándome.
-¡No es justo! ¡¡No es justo, maltita sea!! ¡¡Quiero luchar!!
Gira un poco la cabeza, con una expresión muy seria, severa, hanta escalofriante.
-FUERA-DE-MI-VISTA.
Y se va.
-¡¡Espera!!
Inteto darle caza, pero la chica que estaba a mi lado me retiene.
-Déjalo ya. Vete a casa. Será lo mejor, créeme.
Se va ella también. Vuelvo a quedarme sola.
Cabreada y exasperada, golpeo una piedra que esta en el suelo. Grito furiosa y aúllo maldiciones a los cuatro vientos. Luego me siento, y golpeo fuertemente con el puño el suelo bajo mis pies.
Ya está anocheciendo, así que es mejor que vuelva a casa, no sin enfado, por supuesto. Estoy muy pero que muy enojada.
Si las calles de Villa Refugio no son seguras de día, imaginaos como tiene que ser de noche. Mejor apresurarse un poco.
Mi casa tampoco se encuentra demasiado lejos; llegaré a tiempo. De todas formas, ya no hay nadie en ella que pueda hacerme limitaciones o regaños. Y aunque os parezca extraño, lo echo de menos. Lo que daría yo porque mis padres pudieran regañarme y castigarme por mis rebeldías de adolescente en estos momentos. Supongo que cuando aprecias de verdad las cosas es cuando las pierdes.
Entonces me percato de algo: no hay nadie en las calles.
¿Qué ha pasado? ¡Si hace un momento todo esto estaba repleto de gente!
Esto... esto me da muy mal rollo...
De repente escucho un grito, es la voz de un niño. Y sin poder evitarlo corro en su ayuda; sé que sería más prudente huir y seguir como si no ocurriera nada, pero no puedo evitarlo, tengo que saber que está pasando, tengo que ayudar a ese niño.
Nada más entrar en la callejuela, doy un paso atrás y me oculto detrás de una vivienda para ver que está pasando.
En, efecto, es un niño el que a gritado, y por una buena razón: un grupo de agentes de la Guardia le han rodeado y le están apuntando con las armas.
Mis latidos se aceleran rápidamente.
-Por orden del su majestad, el Barón Praxis, todos los niños menores de diez años deben de ser arrestados, y llevados ante él, para que se ejecute su sentencia –dijo uno de los guardias.
-Yo... yo no he hecho nada malo, por favor... –gimió el niño.
Pobrecito... está temblando de miedo, van a detener a ese inocente sin haber hecho nada. Es injusto.
Uno de ellos se harta de él, alza el arma y apunta directamente a su frente.
-¡¡NO!! –grito corriendo hacia él.
Los guardias se gir4an hacia mí. Maldita sea, me he lanzado sin pensar, ahora es posible que me maten a mí también solo por haber visto esto.
Uno de ellos apuntó hacia mí.
Otro le retuvo.
-Espera. No podemos matar a ningún niño sin haber contactado antes con el Barón. Llevaos a este crío.
-¿Y qué hacemos con esta niñata? –apunta señalándome a mí.
-Apresadla, por supuesto. Allí decidirán qué hacer con ella.
No, ni hablar... no van a llevarme a ninguna parte. Ni a mí, ni a ese niño.
Corro hacia al chaval, lo agarro del brazo y lo coloco detrás de mí. Unos momentos después el ejército me amenaza. En mi mente solo transcurre una idea.
Fue por su culpa... ellos mataron a mi padre, por la misma razón, porque querían arrestarme a mí, y él sacrificó su vida para salvarme.
Dolor, muerte, ira...
No sé a cual de mis voces interiores escuchar: la que dice que los ataque, o la que dice que huya por salvar mi vida.
Desgraciadamente, soy demasiado precipitada, y siempre hago las cosas sin pensar en las consecuencias.
Dejando que los sentimientos ardan en mi interior, me lanzo contra uno de ellos, y le hago caer al suelo: no se lo esperaba.
Pero el siguiente sí, pues cuando voy a por él, uno de los guardias me agarra y me lanza hacia atrás, justo después, el que está en mi frente, me golpea en la cabeza.
Caigo al suelo.
Todo se vuelve oscuro.
Ya no veo ni oigo nada más.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario