viernes, 7 de mayo de 2010

Capítulo 2: En la prisión

Comienzo a oír mi respiración, mis latidos. No estoy muerta, es una bendición, un milagro, ese golpe podría haberme matado, pero sigo viva.
Al empezar a vislumbrar las imágenes de mi alrededor, tengo que cerrar los ojos rápidamente. Un agudo dolor punza en mi cabeza, me pitan los oídos.
Casi cuando para, empiezo ha oír susurros muy cerca de mí.
“¿Está viva?” dice una voz.
“¡Sí, está viva!” afirma otra.
“¿Veis? Os lo dije” aclara una distinta.
“Pero... ¡serán animales! ¡Si tan solo es una niña!” pronuncia la última.
Oye tú, no soy una niña. Intento reprocharle, pero tengo la garganta muy seca, y aún sigo sin ver nada.
Oigo unos pasos acercándose hacia mí. Parece sentarse justo delante.
-Ey chiquilla, ¿estás bien? ¿Cómo te llamas?
Consigo abrir mis párpados, apenas un poco.
Lo primero que veo, son unos ojos dorados, que me observan inquisitivos, esperando alguna respuesta.
Parpadeo, intentando visualizar mejor.
Lo observo claramente. Es un hombre, de poco más de veinte años, debe de estar entre los veinte y veinticinco. De ojos color miel. El cabello un poco revuelto, de color cobrizo, tirando más a pelirrojo. Me mira con una expresión de serenidad, firme pero con algo de preocupación, casi podría darse de la expresión que pone un hermano mayor cuando le ha pasado algo a su hermanita.
Trago saliva, intentando aclararme la garganta.
-Yo... –es lo único que consigo decir.
-Ya veo... –resopla-. Joder... menudos cabrones, ¡como te han dejado! –reprime una mueca de aborrecimiento, sacude la cabeza, vuelve a mirarme. –Volviendo al principio, ¿cómo te llamas?
Bajo la cabeza, sin dejar de mirarle, con gesto de desconfianza..
Alza las manos.
-Vale, vale... perdona si he sido descortés. Empecemos de nuevo, te diré mi nombre: me llamo Sorus.
-Yo... yo soy Kayt.
-¡Kayt! Que nombre más curioso... nunca lo había oído antes.
-No he dicho que fuera un nombre... exactamente.
-Vamos, que no es tu verdadero nombre.
-Ahora lo es –repongo simplemente.
-Como quieras...
Me giro con brusquedad.
-¿Qué pasa? ¿Es que no puedo llamarme como yo quiera?
Alza las manos en gesto de disculpas.
-Yo no he dicho eso.
Sacudo la cabeza, aún aturdida. Observo mi alrededor.
-¿Dónde... dónde estoy?
-Has tardado en preguntarlo, chavala. Estás en la “maravillosa” y “gloriosa” prisión de Villa Refugio, encerrada en una humilde y oscura celda. Y me tienes de compañero, aunque eso ya no sé si te hará gracia o no –sonríe de una forma peculiar.
Retrocedo un poco, clavando mi mirada en él, con recelo.
Vuelve a sonreír, sin poder evitar escapar una risa.
-¡Jaja! ¡Tranquila! ¡Puedes relajarte! No tengo intención de hacer contigo nada “provechoso”. No me gusta aprovecharme de la gente, y menos de niñas puras e inocentes. Además, a mí solo me gustan las mujeres maduras.
Frunzo en entrecejo, y no puedo ocultar un leve rubor en mis mejillas. ¡Menudo descarado! Aunque me alegro de que afirme no tener intenciones “raras” conmigo.
-¡Jajaja! ¡Sorus que pillo eres! –exclama uno desde otra celda.
-¡Eso! ¡Todo el mundo sabe que eres todo un donjuán! –dice otro.
-Cerrad la boca –replica Sorus con calma-. Vais a hacer que la pobre chiquilla se asuste de mí –se vuelve hacia a mí y añade serio- No les hagas caso, son idiotas. Y yo ya he dicho que no tengo intenciones contigo.
Intento forzar una sonrisa, un suspiro; pero nada da resultado. Así que respondo con una mirada serena.
Algo en él me inspira confianza, no sé. Creo que puedo confiar en él... creo.



-¿Por qué estás aquí? –pregunta Sorus al día siguiente.
El primer día en la prisión fue un poco confuso. Recuerdo que tras el fuerte trastorno de mi dolor de cabeza y la terrible sensación de cansancio, me había quedado profundamente dormida. Me alegro de que Sorus no aprovechara mi debilidad para “hacerme cosas” mientras dormía. Por ahora ha cumplido su promesa. Me reconforta mucho, me hace confiar un poco más en él.
-Bueno, yo... la verdad, no creo que merezca estar aquí, no he hecho nada malo.
-Muchos de los que están aquí son encerrados injustamente, e incluso sin hacer nada. Parece que al Barón le divierte jugar a las “cacerías” –resopla- y tú, ¿por qué causa injusta estás aquí?
-Yo estaba paseando por la ciudad, había ido a... –sacudo la cabeza- eso no importa. Solo me dirigía a mi casa, cuando vi a un grupo de guardias que rodeaban a un niño. Querían encerrarlo, sin haber hecho nada malo. Uno de los guardias estuvo a punto de dispararle, y yo... no pude soportarlo más, tenía que ayudarlo, no podía dejar que le hicieran daño a ese niño inocente.
-Y por proteger a un inocente te arrestaron a ti, otra inocente –zanja Sorus.
-Exacto.
-Eso te pasa por meterte donde no te llaman. A quien se le ocurre...
Abro la boca, estupefacta.
-¡¿Y qué esperabas que hiciera?! ¿Qué lo dejara morir sin más? ¿Qué se cometiera otra injusticia?
Él se encoge de hombros.
-No era asunto tuyo al fin y al cabo. Cada uno tiene que aprender a defenderse por sí mismo.
Resoplo malhumorada. Ya no me cae tan bien.
-En fin guapa. Si quieres algún consejo, te diré que aquí no puedes dejarte llevar como una idiota si no quieres acabas muerta, ni tampoco puedes parecer una niña pura e inocente si no quieres acabar mal. Tienes que endurecerte, o no serás capaz de salir nunca con vida de aquí.
-No soy una niñita tierna, dulce e inocente, si te refieres a eso.
-Pues lo pareces. Al menos en primera impresión, aunque ya veo que eres un poco dura de roes. No cualquiera en su sano juicio se lanza contra un puñado de guardias armados para proteger a un desconocido.
No sé si tomarme eso como un insulto o un halago.
-Por cierto... –continúa- me pica la curiosidad... ¿cuántos años tienes?
-Quince.
-Muy joven .declara- aunque yo te tomaba por unos trece o catorce.
-¡Ey!
Sonríe amistosamente.
-Te estaba tomando el pelo. Claro que aparentas quince. Era para ver como respondías a la provocación, cero que así nos estamos conociendo un poco mejor.
-Tú a mí si, pero yo a ti no. Aún no me has dicho tu edad, de donde vienes, ni por qué estás aquí.
Él no respondió en seguida.
-No sé si te gustará conocerme. Aunque supongo que lo mejor que puedo hacer es decir la verdad, a pesar de que no te guste. Bueno, empecemos, soy Sorus, tengo veintidós años, sí, creo que ya los habré cumplido, debo de llevar ya unos... dos o tres años en la cárcel.
-¡¿Dos o tres años?! –exclamo estupefacta.
-Sí..., y créeme que al igual que los que están aquí me gustaría declararme inocente, pero no lo soy, todos lo saben incluyéndome a mí, de que soy culpable de mis delitos.
-¿Delitos? ¿Qué... qué clase de delitos? –me atrevo a preguntar, preocupada.
Sorus me mira largamente. Es una mirada solemne, sincera, pero también llena de melancolía, oscuridad y... ¿cuál es ese otro sentimiento?
Ya no sé si me atrevo conocer la respuesta.
-Espero que con esto no te vuelvas loca Kayt, ni que intentes huir de mí.
-No lo haré –respondo sin dudarlo.
Él inicia una amarga sonrisa.
-Soy un asesino.

No hay comentarios:

Publicar un comentario